Eucaristía y Misión

“Somos una sola cosa: ese -Uno- que se realiza en la participación en la Eucaristía. El Resucitado nos hace -Uno- con Él y con el Padre en el Espíritu. En la unidad realizada en la Eucaristía y vivida en el amor recíproco, Cristo puede tomar en sus manos el destino de los hombres y llevarlos a su verdadera finalidad: un solo Padre y todos hermanos” (Mons. Nguyen Van Thuan).

Silencio, afecto, reflexión, recogimiento, fue el clima encargado de recibir a cada una de las personas que se iban acercando a la Parroquia Nuestra Señora de la Consolata; la misma casa que fuera de los padres misioneros de la Consolata hace unos años, hoy diocesana, fue la encargada de abrir las puertas a cada uno de los que quisieron compartir un momento junto a Jesús Eucaristía.

El momento comenzó con una introducción, guiada por las hermanas Teresa y Joan, misioneras de la Consolata, la que sirvió para serenar nuestras vidas y empezar a transitar los senderos del amor que propone el Hijo, en comunión con el Espíritu.

Luego, entre cantos y momentos de silencio, se pudo apreciar líneas del relato del obispo vietnamita François Xavier Nguyen van Thuan; resonaban en los corazones frases del texto como: “nunca podré expresar mi alegría... Diariamente, con tres gotas de vino y una de agua en la palma de mi mano, celebré la misa”; “Él vive en mí, permanece en mí, actúa a través de mí”; “la oscuridad de la cárcel se convirtió en luz pascual”.

Probablemente, sin darnos cuenta, las personas que estábamos allí nos habíamos quedado cobijados en el calor que ofrece la presencia de Cristo en nuestras vidas, manifestándose, en ese momento, en la presencia real de Quien se quiso quedar en cada mesa, en cada hogar.

La adoración culminó con un momento de intimidad acompañado por el párroco, P. Carlos Romero, recibiendo la bendición y renovando el compromiso de construir una iglesia sin fronteras, que recorra la vida del prójimo desentrañando el misterio que propone el Padre.

Lo que comenzó como un momento de oración para los Laicos Misioneros de la Consolata que trabajan en Mendoza, se convirtió en un momento de iglesia viva que descubre y camina el amor en el seno de las comunidades que la ven crecer.

Quisiera culminar con las mismas palabras que nos acompañaron durante la adoración:
“Porque uno solo es el pan, aún siendo muchos, un solo cuerpo somos, pues todos participamos del mismo pan” (1 Co 10,17)

Pablo Tansini, lmc




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