Mensaje de Navidad del IMC.

"La Navidad no es una fiesta solamente para niños,
sino también para nosotros,
que debemos hacernos niños

 para entrar en el Reino de los cielos". (José Allamano)

En la aurora de la salvación es el nacimiento de un niño lo proclamado como Buena Nueva: “Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: En la ciudad de David os ha nacido un salvador, el mesías, el Señor”(Lc 2,10-11).

Esta “gran alegría” es sin duda el nacimiento del Salvador. Pero en Navidad se nos reveló también el sentido pleno de todo nacimiento humano, y la alegría mesiánica aparece así como el fundamento y el cumplimiento de la alegría por todos los niños que nacen. El icono de la Navidad entona la sinfonía de la alegría sobre las notas del himno a la vida. El encanto de la Navidad es irresistible, hasta el punto de conmover a los de ceño más sombrío. Todos nos esforzamos por ser algo más buenos, aunque esto pueda parecer cosa de otros tiempos. En nuestra comunidad hemos colocado un fantástico Belén de origen napolitano, con figuras muy expresivas y fotografías de la realidad cotidiana de la vida. El Belén es signo de Navidad. Ese niño depositado sobre la paja es el protagonista indiscutible. Luego se pueden añadir los pastores, los reyes magos, incluso el castillo de Herodes, sin olvidar a María y José, pero el niño es para siempre la única razón de todo lo demás. El niño no cambia. Es siempre un niño. Se confirma indispensable. Su función es insustituible.

El tiempo y la historia ya no son los mismos. Ha nacido la misión, nace de un niño. La vida es un gran don, pero inmensamente frágil. Basta un soplo para reducirla a andrajos, para tirarla y quemarla. La vida es una obra maestra, un cruce de sentimiento y pasión, de razón y búsqueda, de experiencia y sueño. Es un proyecto, un misterio, un gesto de gran confianza. Dios, que podría habernos dejado boquiabiertos con efectos especiales, y trascender completamente nuestra voluntad y nuestras fuerzas, eligió el camino de la humanidad. El camino del don, donde nada es debido, sino que todo es gratuito. He ahí por qué la misión es humanización. No se abre con pretensiones de totalidad, no se ilusiona con resolver los problemas, no apela a favoritismos y corruptelas, sino que libera un espacio de gratuidad donde es posible hacer que habite la vida. La vida es el corazón de la misión en todas partes. En la misión donde vivimos, cuando se trata de puestos sanitarios, de apoyo escolar, de asistencia en las cárceles, de presencia entre los pueblos indígenas, signo en las inmensas periferias urbanas, acogiendo inquietudes, respondiendo a interrogantes, colmando soledades, abrazando pobrezas del corazón, recogiendo anhelos. Y el corazón de la misión late gracias al evangelio, a la ternura de Jesús, que se acerca al hombre de la calle y le revela, en el rostro de otro hombre, de una mujer, de una comunidad, la belleza de pertenecer a la vida, la grandeza de habitar la historia, el gusto de masticar el misterio de Dios. El estilo de la misión es el de Belén. Desarma por reducirse a lo esencial, convence por ser inmenso en la profundidad, es luminoso por estar habitado por la libertad. Es como si borráramos las distancias, las barreras y las alambradas espinosas para encontrar lo que de veras cuenta: la comunión, el caminar juntos, la convicción de no tener que perder a nadie por el camino.

En la Navidad no podemos contentarnos con la superficialidad ni con lo dado por descontado, porque el misterio de la encarnación ahonda dentro de ti y madura. La luminosidad se concreta en los pasos apresurados de los pastores y en el peregrinar de los magos, itinerarios de búsqueda y de libertad capaces de dar sentido a toda una vida. La misión no puede prescindir de Belén, y nosotros mismos, si queremos de veras ser misioneros, debemos hacer alguna experiencia de Belén! Feliz Navidad! ¿No podría, tal vez, producirse alguna que otra turbación en nosotros ante este Dios que se hace Niño para que cambie esquemas consolidados y experimentados, tradiciones y certezas? ¿No podría, quizá, ese rostro pobre, esos pies de emigrante, esas manos sin trabajo, esos lamentos ante la injusticia devolvernos a un portal y encendernos una estrella, hacernos oír un vagido y tocar un poco de paja? Serán los signos de que hemos celebrado realmente la Navidad, ante las propias narices de los Herodes de siempre, que se consideran inocentes y envueltos en incienso.

Felicidades de corazón a todos y a cada uno, juntamente con vuestras comunidades y con toda vuestra gente, sin olvidar a los bienhechores, a los pobres y a los enfermos que nos hacen presente el Reino.

Fraternalmente.


Padre Stefano Camerlengo, IMC
Padre General
MISSIONARI DELLA CONSOLATA




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