"No tenemos derecho a estar tranquilos y a querernos a nosotros mismos".

Gracias a Tito y Rosita, los LMC Guaymallén compartieron una homilia del entonces cardenal Jorge Bergoglio, en el momento de oración del encuentro que tuvieron el pasado sábado. Si bien habla de la cuaresma, es más contundente el mensaje misionero. Empezando el año, en plena Semana Santa, las palabras del ahora Papa Francisco nos interpelan acerca de nuestro ser cristiano, laico y misionero.

"Conviértanse y crean en la Buena Noticia", eso nos dijo el sacerdote, el miércoles pasado, cuando nos impuso la ceniza.

Empezamos esta Cuaresma con este mandato. Quebrantar nuestro corazón, abrirlo y que crea en el Evangelio de verdad, no en el Evangelio dibujado, no en el Evangelio light, no en el Evangelio destilado, sino en el Evangelio de verdad. Y esto, hoy a ustedes de una manera especial, se les pide como catequistas: Conviértanse y crean en el Evangelio.

Pero además se les da en la Iglesia una misión: hagan que otros crean en el Evangelio. Viéndolos a ustedes, viendo qué hacen, cómo se conducen, qué dicen, cómo sienten, cómo aman: que crean en el Evangelio.

El Evangelio dice que el Espíritu llevó a Jesús al desierto, y ahí convivía entre las fieras como si no pasara nada. Esto nos hace recordar lo que sucedió al principio: el primer hombre y la primera mujer vivían entre las fieras, y no pasaba nada. En aquel paraíso todo era paz, todo era alegría. Y fueron tentados, y Jesús fue tentado.

Jesús quiere reeditar, al comienzo de su vida, después de su bautismo, algo parecido a lo que fue el principio, y este gesto de Jesús de convivir en paz con toda la naturaleza, en soledad fecunda del corazón y en tentación, nos está indicando qué vino a hacer él. Vino a restaurar, vino a recrear. Nosotros, en una oración de la misa, durante el año, decimos una cosa muy linda: "Dios, que tan admirablemente creaste todas las cosas, y más admirablemente las recreaste".

Jesús vino con esta maravilla de su vocación de obediencia a recrear, a rearmonizar las cosas, a dar armonía aún en medio de la tentación. ¿Está claro esto?. Y la Cuaresma es este camino. Todos tenemos, en Cuaresma, que hacer sitio en nuestro corazón, para que Jesús, con la fuerza de su Espíritu, el mismo que lo llevó al desierto, rearmonice nuestro corazón. Pero que lo rearmonice, no como algunos pretenden, con oraciones raras e intimismos baratos. Sino, que lo rearmonice con la misión, con el trabajo apostólico, con la oración de cada día, el trabajo, la fuerza, el testimonio. Hacer lugar a Jesús porque los tiempos se acortan, nos dice el Evangelio. Ya estamos en los últimos tiempos, desde hace 2000 años, los tiempos que instauró Jesús, los tiempos de este proceso de rearmonizar.

Los tiempos nos urgen. No tenemos derecho a quedarnos acariciándonos el alma. A quedarnos encerrados en nuestra cosita... chiquitita. No tenemos derecho a estar tranquilos y a querernos a nosotros mismos. ¡Cómo me quiero!. No, no tenemos derecho. Tenemos que salir a contar que, desde hace dos mil años, hubo un hombre que quiso reeditar el paraíso terrenal, y vino para eso. Para rearmonizar las cosas. Y se lo tenemos que decir a "Doña Rosa", a la que vimos en el balcón. Se lo tenemos que decir a los chicos, se lo tenemos que decir a aquellos que pierden toda ilusión y a aquellos para los que todo es "pálida", todo es música de tango, todo es cambalache. Se lo tenemos que decir a la señora gorda finoli, que cree que estirándose la piel va a ganar la vida eterna. Se lo tenemos que decir a todos aquellos jóvenes que, como el que vimos en el balcón, nos denuncian que ahora todos nos quieren meter en el mismo molde. No dijo la letra del tango pero la podría haber dicho: "dale que va, que todo es igual".

Tenemos que salir a hablarle a esta gente de la ciudad a quien vimos en los balcones. Tenemos que salir de nuestra cáscara y decirles que Jesús vive, y que Jesús vive para él, para ella, y decírselo con alegría... aunque uno a veces parezca un poco loco. El mensaje del Evangelio es locura, dice San Pablo. El tiempo de la vida no nos va a alcanzar para entregarnos y anunciar esto que Jesús está restaurando la vida. Tenemos que ir a sembrar esperanza, tenemos que salir a la calle. Tenemos que salir a buscar.

Cuántos viejitos como esa doña Rosa están con la vida aburrida, que no les alcanza, a veces, el dinero ni para comprar remedios. A cuántos nenes les están metiendo en la cabeza ideas que nosotros recogemos como gran novedad, cuando hace diez años las tiraron a la basura en Europa y en los Estados Unidos, y nosotros se las damos como gran progreso educativo.

Cuántos jóvenes pasan sus vidas aturdiéndose desde las drogas y el ruido, porque no tienen un sentido, porque nadie les contó que había algo grande. Cuántos nostálgicos, también hay en nuestra ciudad, que necesitan un mostrador de estaño para ir saboreando grapa tras grapa y así ir olvidando.

Cuánta gente buena pero vanidosa que vive de la apariencia, y corre el peligro de caer en la soberbia y en el orgullo.

¿Y nosotros nos vamos a quedar en casa?. ¿Nos vamos a quedar en la parroquia, encerrados?. ¿Nos vamos a quedar en el chimenterío parroquial, o del colegio, en las internas eclesiales?. ¡Cuando toda esta gente nos está esperando! ¡La gente de nuestra ciudad!. Una ciudad que tiene reservas religiosas, que tiene reservas culturales, una ciudad preciosa, hermosa, pero que está muy tentada por Satanás. No podemos quedarnos nosotros solos, no podemos quedarnos en la parroquia y en el colegio. ¡Catequista, a la calle!. A catequizar, a buscar, a golpear puertas. A golpear corazones.

Lo primero que hizo Ella (la Virgen María), cuando recibió la Buena Noticia en su seno fue salir corriendo a prestar un servicio. Salgamos corriendo a prestar el servicio de que creemos en la Buena Noticia, y se la queremos dar a los demás. Que esta sea nuestra conversión: la Buena Noticia de Cristo ayer, hoy y siempre.

Que así sea.


Card. Jorge Bergoglio.
11 de marzo de 2000.
Homilía en el Encuentro Arquidiocesano de Catequesis.




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